Por Dr. Helímenes Domínguez: Liderazgo humano y relaciones sanas en la era de la Inteligencia Artificial
El avance de la Inteligencia Artificial no sustituye el valor estratégico de las relaciones humanas como base del alto rendimiento organizacional.
En un contexto global donde la Inteligencia Artificial (IA) irrumpe con fuerza en los modelos de gestión y en los procesos productivos de múltiples organizaciones, se hace necesario replantear una verdad esencial que, lejos de perder vigencia, cobra mayor relevancia: el alto rendimiento organizacional sigue teniendo su base en la calidad de las relaciones humanas.
Las organizaciones, más allá de su infraestructura tecnológica o capacidad operativa, se configuran como sistemas integrados por recursos diversos, entre ellos —y de manera fundamental— el recurso humano. Personas que interactúan, se coordinan y unen esfuerzos para alcanzar metas y objetivos comunes. Desde esta perspectiva, resulta pertinente preguntarse si la consolidación de relaciones sanas y armoniosas continúa siendo un factor determinante para el desempeño organizacional. La experiencia y la evidencia apuntan a que sí.
La gerencia y el liderazgo no pueden entenderse al margen de las relaciones humanas. Líderes, gerentes y colaboradores comparten una misma condición: son seres humanos. En el estudio del liderazgo contemporáneo, esta realidad se aborda desde la concepción del líder como un ser biopsicosocial, una visión integral que permite comprender el comportamiento humano dentro de las organizaciones.
En primer lugar, los aspectos biológicos definen la condición física y fisiológica del líder y del gerente. Elementos como la estructura corporal, el desarrollo evolutivo y las funciones orgánicas influyen directamente en la organización del trabajo, la definición de jornadas laborales, los horarios y la ergonomía. Ignorar esta dimensión implica desconocer factores clave del bienestar y la productividad.
Por otra parte, los aspectos psicológicos abarcan los procesos mentales y emocionales que inciden en la toma de decisiones, el manejo del conflicto, la inteligencia emocional y las conductas adaptativas. La forma en que las personas piensan, sienten y actúan dentro del entorno organizacional determina, en gran medida, la efectividad del liderazgo y la cohesión de los equipos de trabajo.
Finalmente, los aspectos sociales engloban la necesidad de pertenencia, la comunicación, el lenguaje, la cultura organizacional y las normas que regulan la convivencia laboral. Es en esta esfera donde se construyen las relaciones de interdependencia y se fortalecen los vínculos que permiten a las organizaciones interactuar de manera efectiva con su entorno y con sus grupos de interés.
Comprender estas dimensiones resulta clave para entender que el alto rendimiento no es producto exclusivo de la tecnología o de la automatización de procesos. Está estrechamente vinculado a la inteligencia del líder y de su equipo para establecer conexiones significativas con sus stakeholders y generar entornos de confianza, cooperación y propósito compartido.
En tiempos de Inteligencia Artificial, conviene no perder de vista una premisa esencial: el progreso organizacional sigue siendo un ejercicio colectivo, profundamente humano. Porque, en definitiva, no somos náufragos.



