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Emprendimiento en Venezuela 2025: del auge por necesidad a la contracción estructural

El más reciente informe del Monitor Global de Emprendimiento revela un colapso en la base emprendedora venezolana y advierte sobre un modelo agotado sin financiamiento ni condiciones para crecer.

Por José Gregorio Figueroa

El emprendimiento en Venezuela ha sido, durante años, un reflejo directo de su realidad económica. Lo que alguna vez se celebró como un auge de iniciativa individual hoy muestra señales inequívocas de agotamiento. El más reciente informe del Monitor Global de Emprendimiento (GEM), presentado por la Universidad Católica Andrés Bello y el Instituto de Estudios Superiores de Administración, confirma lo que muchos intuían: el modelo de emprendimiento por necesidad ha llegado a su límite.

Durante el período 2021-2024, el país experimentó una suerte de estabilización económica que permitió la proliferación de pequeños negocios, impulsados principalmente por el autoempleo. Sin embargo, esa efervescencia no logró consolidarse. En 2025, el ecosistema emprendedor entró en una fase de estancamiento crítico que hoy se traduce en una contracción profunda.

La caída de un modelo basado en la supervivencia

Las cifras son contundentes. En apenas un año, la población emprendedora se redujo de 2,7 millones a 1,4 millones de personas. Es decir, más de un millón de venezolanos abandonaron sus iniciativas económicas en tan solo doce meses. Este retroceso no solo evidencia fragilidad estructural, sino también la incapacidad del entorno para sostener proyectos productivos en el tiempo.

El indicador de actividad emprendedora temprana también cayó de forma sostenida: de 22,7% en 2023 a 7,7% en 2025. Esto confirma que cada vez menos venezolanos están dispuestos —o en capacidad— de iniciar un negocio.

Pero el dato más revelador es quizás el más preocupante: apenas el 1,9% de los emprendimientos logra superar los tres años y medio de vida. El llamado “embudo roto” describe con precisión una realidad donde muchos intentan emprender, pero casi ninguno logra consolidarse.

Un entorno hostil para crecer

El informe del GEM identifica tres factores determinantes que explican esta contracción.

En primer lugar, la ausencia de financiamiento. En Venezuela, emprender sigue siendo un acto casi exclusivamente familiar. Los capitales iniciales, que oscilan entre 5.000 y 20.000 dólares, provienen de ahorros personales, remesas o préstamos informales. Sin acceso a crédito bancario ni a mecanismos de inversión, los negocios simplemente no sobreviven cuando esos recursos se agotan.

En segundo término, la presión fiscal y regulatoria. Lejos de incentivar la formalización, el sistema tributario y los controles administrativos actúan como barreras. El informe habla de un “cerco regulatorio punitivo” que desincentiva el crecimiento y empuja a muchos emprendedores hacia la informalidad.

Finalmente, la precariedad de los servicios públicos añade una carga adicional. Electricidad inestable, escasez de agua y dificultades para acceder a combustible obligan a los emprendedores a destinar recursos significativos a resolver problemas operativos básicos, elevando los costos y reduciendo la rentabilidad.

Jóvenes, paridad y necesidad

A pesar de este panorama, el espíritu emprendedor no ha desaparecido. El 74% de quienes aún apuestan por iniciar un negocio tiene entre 18 y 44 años, y existe una paridad de género casi perfecta en las etapas iniciales.

Sin embargo, el dato más revelador es la motivación: el 88% emprende por necesidad. No se trata de innovación ni de oportunidades de mercado, sino de una respuesta directa a la falta de empleo formal y salarios suficientes.

Este rasgo define el carácter del emprendimiento venezolano actual: más que una opción, es un mecanismo de supervivencia.

El riesgo del “enanismo empresarial”

Los expertos del IESA y la UCAB advierten sobre un fenómeno preocupante: la consolidación de un tejido empresarial de baja productividad, alta rotación y escasa capacidad de generar empleo formal.

Este “enanismo empresarial” no solo limita el crecimiento económico, sino que perpetúa un ciclo de precariedad donde los negocios nacen pequeños y mueren antes de crecer.

¿Qué hacer? Más allá del diagnóstico

El informe no se limita a describir la crisis; también plantea rutas posibles.

La primera es una reforma institucional que simplifique trámites y reduzca la carga fiscal, especialmente para empresas en etapas tempranas. Sin incentivos claros, la formalización seguirá siendo una meta lejana.

En segundo lugar, urge la creación de mecanismos de financiamiento accesibles, como microcréditos o fondos de inversión, que rompan la dependencia del capital familiar.

Asimismo, se plantea la necesidad de fomentar alianzas estratégicas. En un entorno de desconfianza, la cooperación empresarial puede marcar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer.

La digitalización también aparece como un factor clave. El uso de comercio electrónico y herramientas financieras digitales no debe verse como un lujo, sino como una estrategia para reducir costos y mejorar la eficiencia.

Finalmente, la formación es determinante. Con solo 2 de cada 10 emprendedores con educación superior, la profesionalización de la gestión se convierte en un elemento esencial para escalar y sostener negocios en el tiempo.

Una advertencia que no debe ignorarse

Venezuela enfrenta hoy una encrucijada. El emprendimiento sigue siendo una válvula de escape frente a la crisis, pero también evidencia sus límites cuando no existen condiciones estructurales que lo respalden.

Persistir en un modelo basado únicamente en la necesidad puede consolidar una economía de subsistencia, incapaz de generar desarrollo sostenible.

El desafío no es menor: transformar el emprendimiento de supervivencia en emprendimiento productivo. Para ello, se requiere algo más que voluntad individual; se necesita un entorno que permita crecer, invertir y creer.

Porque emprender, en Venezuela, sigue siendo una oportunidad. Pero, cada vez más, también es una carrera contra el desgaste.