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Los hijos de la gente del petróleo: una deuda histórica que Venezuela aún no salda

Más de dos décadas después de los despidos masivos en PDVSA, miles de familias siguen esperando justicia, reconocimiento y reparación por una herida que nunca cerró.

Por más de veinte años, Venezuela ha cargado con una historia incompleta. No porque no existan los hechos, sino porque durante demasiado tiempo se optó por el silencio. Somos los hijos y las familias de la gente del petróleo, testigos directos de una injusticia que marcó generaciones y que el país aún no ha sido capaz de saldar.

Crecimos viendo a nuestros padres y madres trabajar con orgullo en una industria que durante décadas representó progreso, estabilidad y dignidad laboral. En nuestros hogares se nos enseñó que el trabajo honesto construía futuro y que el esfuerzo tenía valor. Esa certeza se quebró abruptamente en diciembre de 2002.

En medio de una profunda crisis política, más de 23.000 trabajadores de PDVSA fueron despedidos de manera masiva, sin evaluaciones individuales, sin derecho a la defensa y sin consideración real por el impacto humano de aquella decisión. No fueron simples actos administrativos. Fueron quiebres de vida. No fueron cifras en una lista. Fueron personas. Fueron nuestros padres.

Aquellos despidos significaron mucho más que la pérdida de un empleo. Representaron hogares sin sustento, proyectos truncados, migraciones forzadas, estigmatización social y silencios impuestos. Mientras el país continuó debatiendo su rumbo político, miles de familias quedaron atrapadas en las consecuencias de una decisión que nunca fue reparada.

Han pasado más de dos décadas y la deuda sigue intacta. No es únicamente laboral. Es una deuda moral, social e histórica. Cuando una injusticia no se reconoce, no desaparece: se hereda. Nosotros somos esa herencia. Somos hijos que crecimos viendo cómo se borraba la trayectoria profesional de nuestros padres, cómo se les señalaba sin juicio y cómo se les negó incluso el derecho a ser escuchados.

Hablar hoy de los despidos injustos de PDVSA no es reabrir heridas. Es admitir que nunca se cerraron. No se trata de dividir al país, sino de ofrecerle una oportunidad real de reconciliarse consigo mismo. La reconciliación no nace del olvido, sino del reconocimiento.

Estos despidos vulneraron derechos laborales y humanos, pero también rompieron un pacto esencial: el de un Estado que debe proteger a su gente trabajadora, incluso —y especialmente— en los momentos de crisis. Ninguna nación puede aspirar a reconstruirse dejando atrás a quienes la sostuvieron con su esfuerzo.

No pedimos venganza. Pedimos justicia. Pedimos el reconocimiento público de la injusticia cometida, avanzar hacia una reparación integral —material y moral— y la restitución de la dignidad del trabajador petrolero injustamente despedido. Pedimos un marco jurídico que garantice que nunca más el trabajo será utilizado como castigo político.

Esto no debilita a Venezuela. La fortalece. Las sociedades que avanzan son aquellas capaces de revisar su historia con honestidad, corregir errores y aprender de ellos. Resolver la situación de los despedidos de PDVSA no es un gesto simbólico: es una señal de madurez política y de compromiso con la justicia social.

Los hijos de la gente del petróleo no queremos que nuestros padres sean recordados como culpables de una crisis, sino como lo que siempre fueron: trabajadores venezolanos. Queremos un país donde el trabajo vuelva a ser sinónimo de dignidad y no de miedo.

Porque sin justicia no hay reconciliación.
Y sin reconciliación, Venezuela seguirá postergando su reencuentro consigo misma.

Carlosman Leal
Hijo de gente del petróleo